sábado, 26 de diciembre de 2015

Warme, blaue Dunkelheit

[…] y por eso la quiero. Porque a veces la vida es misteriosa y nos hace regalos que no podemos comprender en el momento en que nos son entregados. Como en este caso.
Jamás habría podido imaginar que aquellos ojos que me miraron con sorpresa y desconcierto se tornarían en la luz que había estado tan largo tiempo buscando. Era imposible prever que aquella mirada felina fuese capaz de escudriñar mi alma con tan brutal dulzura y, desde luego, era para mí impensable el hecho de que acabaría por hablar.
Y contárselo todo.
Tan inverosímil como la idea de que, una vez hube volcado mi alma en incontables líneas y conversaciones interminables, su mirada no se apartase, su sonrisa no se desvaneciese y sus besos no cesasen. Fui yo y eso bastó para que, por vez primera, fuese querido.
Es por eso que ahora, aquí y así sea capaz de aceptar que la vida se me escape a medida que estas palabras cruzan mi mente. Es por ello que soy capaz de olvidar el dolor que recorre mi cuerpo con fulminantes latigazos como el que debe sentir un árbol al recibir un relámpago. Soy consciente de la agonía y, sin embargo, no puedo lamentarme porque son sus manos las que lentamente recorren mi ser apagando la tenue luz de vida que me resta.
Observo embelesado cómo me mira, con una dulce y sádica sonrisa en sus labios rojos, siempre tentándome a robarle un beso más. Soy incapaz de apartar la mirada mientras sus manos mueven el filo de la hoja. Torpe al principio, poco a poco ha empezado a encontrar la forma de que sus movimientos sean más precisos, consiguiendo el resultado que busca. Sea cual sea. Es tan grácil, tan bella y tan delicada que cada jirón de piel que se desprende de mi cuerpo cae en sus manos como un copo de nieve sobre un cristal.
Mirando de reojo puedo ver el cuidado con el que ha dispuesto todo. Sobre un mullido cojín burdeos reposan mis manos, perfectamente colocadas como si fuesen unos guantes y limpias. Siempre supo que mis manos eran posiblemente lo único de mí con lo que me sentía a gusto y quizá por eso, tras cortarlas, acarició sus mejillas con ellas, reglándome una última oportunidad de sentir la incomparable suavidad de su piel. Antes de hacer lo propio con mis brazos, me concedió un último abrazo y desde entonces no he sido capaz de dejar de sonreír.
Cuando supe que se disponía a coser mis labios, lo único que le pedí fue un último beso y que me permitiese expresar que mi último deseo será poder mirarla a los ojos antes de que todo se apague. Y así lo hizo.
Lentamente noto cómo el corazón se me acelera y respirar hace que sienta como si mis pulmones fuesen piedras pero mi dulce niña lo ha notado y yo ahora siento cómo sus manos de porcelana aprovechan mi cicatriz y la hoja se abre paso. Por primera vez en mi vida, sé lo que se siente al notar el contacto de la persona amada dentro de mí a medida que sus manos se mueven por mis entrañas y comprimen suavemente mis pulmones para ayudarme a respirar. Y mientras tanto, su mirada me calma y me reconforta como solamente ella ha sabido hacer desde aquella primera vez. Me pregunta si todo está bien y asiento convencido y agradecido de poder respirar un poco más. Lentamente sus manos abandonan mi interior y observo cómo continúa recortando las partes tatuadas de mi piel para conservar los dibujos que tanto le han gustado siempre. Los limpia y coloca con mimo y esmero y de repente una sacudida involuntaria hace que mi cabeza golpee la camilla.
Con preocupación se acerca a mí y coloca su mano en mi pecho. Algo debe de haberla preocupada porque me mira con lo que parece ser tristeza. Al parecer, se nos ha echado el tiempo encima, mi niña.
Se sienta a mi lado y sin mediar palabra me hace la pregunta.
Cierro los ojos lentamente para decírselo. Estoy listo.
Una vez más sus manos entran en mi cuerpo y se abren paso con sumo cuidado. Noto cómo sus dedos me rozan por dentro y recuerdo la primera vez que mis manos sintieron las suyas, cómo la cogía por la cintura y parecía que Dios la hubiese esculpido para que cada curva de su cuerpo encajase con el mío como las piezas de un puzle perfecto.
Ha llegado.
Ha alcanzado mi corazón y lo sostiene entre sus delicadas manos. Por fin se cierra el círculo que solamente ella, mi princesa, podía concluir. Por fin estoy completo y puedo hallar la paz.
Se acerca a mi  vuelvo a ver esos maravillosos ojos de un color que sólo existe para ella y, de repente, noto sus labios en mi frente. No esperaba que ese fuese el punto final, el mismo que, tiempo atrás, comenzase lo nuestro. No esperaba que las lágrimas se me escapasen al recordar cómo empezó todo y lo feliz que había sido cada instante de mi vida desde que ella apareció.
Ya no hay marcha atrás. ¿Qué he hecho? Todo se apaga a mi alrededor y me doy cuenta de que no quiero irme, ya no. Quiero más tiempo con ella. Pero no puedo decirlo. Sus manos sujetan mi corazón con más firmeza y lentamente empieza a tirar.
¡No, por favor, espera! ¡Sólo un poco más! ¡Déjame quedarme contigo un poco más!
Despacio, con cuidado, con ternura y con un amor que jamás pude haber imaginado que se pudiera sentir, sigue adelante. Ya casi puedo verlo latir fuera de mí.
¡Espera, amor mío, por favor! ¡Sólo un poco más! ¡Yo…!
Está en sus manos. La mujer que amo tiene mi corazón en sus manos y puedo ver cómo los últimos estertores de vida lo abandonan lentamente mientras todo a mi alrededor se vuelve negro. Todo salvo sus ojos que me miran y me reconfortan.
Y antes de convertirme en olvido, oigo su voz susurrándome oído:
“Yo también te amo. Ahora y siempre.”
Un beso en mi frente.
[…]
Siempre fue tuyo y siempre lo será.

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