Resuenan los ecos de las palabras de los dos sabios, como si hubiesen pasado décadas.
El imponente sabio de los árboles que camina con
silencioso estruendo ora dando un paso con su diestra de olmo, ora con una
zancada de su zurda de olivo.
Y el sabio viajero que oteó la puerta más allá de
la cual no se sabe qué pudo haber.
Y entre tanto, un envite de olvido y ausencia contra mi
consciencia tratando de calmar ansias sin nombre y miedos de mirada
arrebatadora.
En silencio rememoro cuentos y lecciones buscando la enseñanza
que erradique el óxido de este cerrojo que es mi alma a la vez que mi mano,
viva, atenta como siempre contra un inocente papel al que apuñala con versos de
tinta aprovechando que la nada retrocede brevemente y la escasa lucidez me
invita a respirar, línea en mano.
Y vuelve a asaltarme la obscena mezcolanza de no se sabe qué
con una pizca de placebo, envuelto en la cómoda dosis recetada en pos de la
promesa de una paz que se retrasa. Esta vez ha costado más no caer.
Y de nuevo en el silencio de mi psique, busco las palabras
de un amigo en cuyas manos he legado un latido imperecedero, y encuentro
sosiego. Y busco también las palabras de quien conmigo deambula entre planos y me
muestra otra frontera. Ambos, grandes, ciclópeos seres de inconmensurable
bondad que, pese a todo, abren sus manos y señalan mi deber.
Y he aquí, el golpe de (des)gracia que me tumba por completo
en mitad de esta alabanza a dos titanes que tienen, por siempre, mi
admiración y mi respeto y el firme propósito de, como ellos, llegar a ser
grande.
Gracias, marcador de vidas; gracias, caminante de
realidades.
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