sábado, 29 de agosto de 2015

One-waved sea

Me asomo a la ventana y ahí está. Veo la arena y hay olas, pero no, no hay mar. Donde debiera haber un océano existe en cambio un vacío rugiente de inexpugnable nada y llega a mi memoria la letra de una canción rancia que, empero, parece estar leyéndome el alma al decir:

“Podría haber llorado un mar de lágrimas saladas, arrojarme a los abismos y partirme en dos el alma, desatar la tempestad y el huracán de mi garganta y confesar desesperado que no puedo con mi rabia, que en mi actitud no soy tan evidente, no puedo sufrir más.”


Porque eso es lo que me invade, una rabia incongruente y una culpa intransigente que me ataca a cada paso desde que mi corazón se paró en seco. Y así es que estoy anotando estas palabras frente a un océano desconocido en el que no hay agua aunque huela a sal, una sal que aunque quisiera, no puede recrudecer el dolor de esta herida. Nada hay en este mundo capaz de mover el puñal que atenaza mi pecho, ni para arrancarlo, ni para hundirlo por completo. Nada, pues solamente la etérea mano de quien ahí lo colocó podría hacer tal cosa y sé que también sufre.
Y de nuevo, me apresa la congoja de mirar al infinito y no ver nada. No oír nada. No sentir nada. No saber nada.
No ser nada.
Y quizá no fue un mar, pero lloré. Lloré de verdad por primera vez en más de una década y no, no grité porque en mi garganta hubo un nudo de preguntas que, agolpadas, me impidieron respirar.
Y caí.
Caí al vacío aterrador que muchos llaman muerte y que no es tal pues yo he mirado a la muerte a la cara y sé, con el corazón en la mano, que existe algo más digno de ser temido. Aunque quizá exagere al decirlo con el corazón en la mano, pues hace ya tiempo que no lo tengo yo y aun así, sentí cómo se paraba justo antes del brutal descenso a los infiernos de un dolor culpable que jamás podré explicar. Solamente podía caer y eso hice.
Y eso hago todavía.
Y a medida que estas paredes se cierran sobre mi cabeza, amenazando con venirse abajo y aplastarme entre pilas de recuerdos de una vida que no puedo soportar volver a vivir, otra canción resuena en mis oídos mientras en mi retina, grabada a fuego, se proyecta la imagen de un azul como nunca ha existido jamás. El azul perfecto de un mar distante en cuyas aguas anhelo volver a ahogarme y poder, al fin, morir. Morir de amor. Su propio tono de azul, suyo y de nadie más, por siempre.

“La distancia nos separa y el dolor nos une más”

P.D.: descansa, cosita preciosa y suave, y ten dulces sueños.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo siento... Te debo mucho

Rhobert W. Valgar dijo...

Ehm... ¿Deberme algo a mí? ¿Quién eres? :/

Anónimo dijo...

Soy Mar, solo era eso quiero disculparme por las cosas que no he echo bien y además sabes que me mola tu blog y que siempre lo he seguido. Adiós