Empezamos jodidos. Bueno, más bien tú.
Te despiertas como cualquier otro día,
o eso parecería si no fuera porque, sin saber por qué, en cuanto
terminas de bostezar se te viene mi nombre a la cabeza. El motivo,
como he dicho, desconocido, pero así sin más cierras la boca para
no pronunciarlo, pero lo tienes ahí, atragantado y no sabes ni por
qué. Haces un pequeño repaso y ni siquiera has soñado conmigo ni
con nada remotamente cercano a mi persona, pero ahí está mi nombre.
Está ahí mientras vas al baño y te miras al espejo, mientras
desayunas, mientras te vistes, mientras terminas de arreglarte. Sin
darte cuenta, mueves tu lengua en silencio como pronunciando la
primera letra para intentar quitarte ese “mono” sin abrir en
ningún momento la boca para evitar que se te escape, no quieres que
se oiga lo que ni siquiera tú quieres oír.
Te preguntas qué coño pasa y empiezas
a enfadarte. No tiene ningún sentido, tú ya no piensas en mi y sin
embargo ahí estás, sintiéndote gilipollas por culpa de una
consonante que invade tus labios desde el interior y un nombre que
evoca un sonido que o quieres escuchar. Lo peor es que eres tan
idiota que aún sabiéndolo, intentas no pensarlo a base de decirte
una y otra vez que no lo pienses. ¡Bendita estupidez la tuya!
Ahora dime, ¿hasta qué punto te jode?
No debe de ser poco porque mírate, llevas una cara larga y tu mirada
denota que tu día ha empezado jodido, como dije al principio. Ni
siquiera llevas una hora despierta y se te hace eterna y te das
cuenta de que, de seguir así, el día será un suplicio. Pues,
¿sabes? Vas a seguir así. El día de hoy parecerá no tener fin y
cada palabra que oigas te sonará hueca, incomprensible. Tanto como
el hecho de que tengas mi nombre rondando por esa puta cabecita tuya
que te deja cada día más claro que no funciona como debería, que
algo falla, que algo falta. ¿Un tornillo? Llámalo como te dé la
real gana, pero lo que está claro es que tu vida está coja y eso,
tarde o temprano, pasa factura y leer una factura no es precisamente
como leer un poema o un buen libro. Se hace tedioso, eterno, lo
aborreces y las palabras se arrastran ante tus ojos como mi nombre
por tu mente, despacio, sin prisa, sin pausa y, sobre todo, sin
intención de marcharse hasta haber cumplido su misión. ¿Que cuál
es? Tú sabrás, hablamos de tu cerebro, de tu monólogo interno, de
ese soliloquio que narra tus pensamientos, o al menos eso hacía
hasta que esta mañana te has despertado con un cable cruzado y todo
se ha ido a la mierda... tú te has ido a la mierda.
Transcurre un año y te das cuenta de
que ni siquiera ha terminado el día, el puto día de hoy. Vuelves a
casa con menos fuerzas que nunca y decides darte una ducha para
despejarte. Pero no cuela. Cada gota de agua que resbala por tu piel
te ensordece al arrastrar, milímetro a milímetro, esa maldita
consonante por todo tu cuerpo, como si fuese un caracol dejando un
asqueroso rastro a su paso, un rastro pegajoso que te recorre de pies
a cabeza y que no te puedes quitar de encima. Gota a gota, palmo a
palmo, casi no puedes ni respirar y sigues cerrando la boquita para
que no se te escape y te ahogas un poco más. Das por terminada la
que posiblemente haya sido la ducha que más te ha ensuciado en tu
vida y te envuelves con una toalla en un vano intento de secarte
todas esas consonantes que aún tienes pegadas a la piel. Te miras al
espejo y casi esperas ver mi cara para maldecirme pero no, solamente
estás tú, con los ojos cansados y los labios apretados intentando
controlar esa despreciable palabra que no te atreves a vomitar.
Vuelves a tu habitación y ni siquiera
cenas, tienes el estómago revuelto y el pulso te da por saco
acelerándose sin motivo aparente. Sientes mareos, angustia y un
desasosiego que no sabes describir. Y mejor que ni lo intentes
porque, si hablas, lo primero que se te escapará será un nombre que
no quieres ni que exista. Si escribes, más de lo mismo. Te pasa como
a Tolstoi cuando su hermano le dijo que se quedase en aquél rincón
hasta que dejase de pensar en un oso blanco... salvo que tú no eres
Tolstoi, tu hermano no te ha dicho nada y yo soy el oso blanco en que
no dejas de pensar.
Te fallan las fuerzas pero intentas no
dormir por el acojone de soñar conmigo después del día de mierda
que llevas con mi nombre en la sesera. Vete tú a saber qué mierdas
puede proyectar tu subconsciente si, en plena vigilia, te ha estado
puteando de esa manera. Es un fastidio pero ya no puedes con tus
párpados y se apodera de ti una mezcla de cansancio y miedo que no
te deja en paz pero, admítelo, lo que más te avergüenza es que en
el fondo tienes una curiosidad casi tan grande como ese absurdo
orgullo tuyo. Quizá incluso mayor... pero tienes que mantener esa
fachada que, sin embargo, se cae a pedazos por mucho que te empeñes
en intentar cubrirla con apariencias que no te tragas ni tú.
Y hablando de tragar, acabas de joderte
la garganta un poco más al tragarte ese nudo que se te ha formado
porque sí, has oído una voz y no es la tuya. Demasiado familiar
para no reconocerla, demasiado nítida para ser un recuerdo.
¿Acojona, verdad? Relájate un momento y escucha. Es mi voz y la
escuchas perfectamente y solamente pronuncia tres palabras para
decirte, como si de Walter White se tratase, “Di mi nombre”.
Venga, aguanta, no hagas ni puto caso... pero espera,empiezan a
fallarte también las fuerzas que te mantenían en silencio, las que
creías que impedían que tu cordura se desvaneciese y sin darte
cuenta, abres un poco la boca, separas los labios lo justo para que
se escape un sonido leve, casi imperceptible, como el ronroneo de un
gato a punto de dormirse. Y lo dices. En un susurro, apenas una
facción de segundo, casi ni tú lo has oído y sin embargo resuena
por las paredes como un eco atronador y silencioso. Te encuentras
ahora en paz, en tu cabeza se forman frases con ese nombre que no
querías pronunciar y asaz sorprendente es el hecho de que, en contra
de lo que pensabas al levantarte, te invade una sensación agradable,
largo tiempo olvidada o, mejor dicho, soterrada. No sabes el motivo
mas intuyes, empero, que esta noche dormirás de una forma distinta.
Ni mejor, ni peor, sencillamente diferente a lo que te has habituado.
No sabes lo que te espera pero te sorprendes sonriendo en la
oscuridad con ese nombre, mi nombre, en tus labios dejándote un
sabor dulce. Cierras los ojos y ves los míos. El día acaba, en
teoría, jodido. Soy el oso blanco.
Y tú, caes.
2 comentarios:
Me ha encantado.
Es muy gráfico y cualquiera que haya pasado por una separación seguro que se siente identificado.
Mola como has descrito esa incapacidad para dejar de pensar en alguien en quien no deberías pensar y cómo al final es inevitable caer en la tentación.
Lo bueno es que tarde o temprano esa incapacidad desaparece y acabas ignorando a esa persona.
Mil gracias por tu comentario, sabes que me anima mucho que saques un ratito para darme tu opinión ;)
La verdad es que lo escribí un poco como hipótesis porque tengo la suerte de que, desde hace un tiempo, en mi vida no pronuncio ni un solo nombre que no merezca la pena :)
Publicar un comentario