viernes, 18 de octubre de 2013

Sayeth my name

Empezamos jodidos. Bueno, más bien tú.
Te despiertas como cualquier otro día, o eso parecería si no fuera porque, sin saber por qué, en cuanto terminas de bostezar se te viene mi nombre a la cabeza. El motivo, como he dicho, desconocido, pero así sin más cierras la boca para no pronunciarlo, pero lo tienes ahí, atragantado y no sabes ni por qué. Haces un pequeño repaso y ni siquiera has soñado conmigo ni con nada remotamente cercano a mi persona, pero ahí está mi nombre. Está ahí mientras vas al baño y te miras al espejo, mientras desayunas, mientras te vistes, mientras terminas de arreglarte. Sin darte cuenta, mueves tu lengua en silencio como pronunciando la primera letra para intentar quitarte ese “mono” sin abrir en ningún momento la boca para evitar que se te escape, no quieres que se oiga lo que ni siquiera tú quieres oír.
Te preguntas qué coño pasa y empiezas a enfadarte. No tiene ningún sentido, tú ya no piensas en mi y sin embargo ahí estás, sintiéndote gilipollas por culpa de una consonante que invade tus labios desde el interior y un nombre que evoca un sonido que o quieres escuchar. Lo peor es que eres tan idiota que aún sabiéndolo, intentas no pensarlo a base de decirte una y otra vez que no lo pienses. ¡Bendita estupidez la tuya!
Ahora dime, ¿hasta qué punto te jode? No debe de ser poco porque mírate, llevas una cara larga y tu mirada denota que tu día ha empezado jodido, como dije al principio. Ni siquiera llevas una hora despierta y se te hace eterna y te das cuenta de que, de seguir así, el día será un suplicio. Pues, ¿sabes? Vas a seguir así. El día de hoy parecerá no tener fin y cada palabra que oigas te sonará hueca, incomprensible. Tanto como el hecho de que tengas mi nombre rondando por esa puta cabecita tuya que te deja cada día más claro que no funciona como debería, que algo falla, que algo falta. ¿Un tornillo? Llámalo como te dé la real gana, pero lo que está claro es que tu vida está coja y eso, tarde o temprano, pasa factura y leer una factura no es precisamente como leer un poema o un buen libro. Se hace tedioso, eterno, lo aborreces y las palabras se arrastran ante tus ojos como mi nombre por tu mente, despacio, sin prisa, sin pausa y, sobre todo, sin intención de marcharse hasta haber cumplido su misión. ¿Que cuál es? Tú sabrás, hablamos de tu cerebro, de tu monólogo interno, de ese soliloquio que narra tus pensamientos, o al menos eso hacía hasta que esta mañana te has despertado con un cable cruzado y todo se ha ido a la mierda... tú te has ido a la mierda.
Transcurre un año y te das cuenta de que ni siquiera ha terminado el día, el puto día de hoy. Vuelves a casa con menos fuerzas que nunca y decides darte una ducha para despejarte. Pero no cuela. Cada gota de agua que resbala por tu piel te ensordece al arrastrar, milímetro a milímetro, esa maldita consonante por todo tu cuerpo, como si fuese un caracol dejando un asqueroso rastro a su paso, un rastro pegajoso que te recorre de pies a cabeza y que no te puedes quitar de encima. Gota a gota, palmo a palmo, casi no puedes ni respirar y sigues cerrando la boquita para que no se te escape y te ahogas un poco más. Das por terminada la que posiblemente haya sido la ducha que más te ha ensuciado en tu vida y te envuelves con una toalla en un vano intento de secarte todas esas consonantes que aún tienes pegadas a la piel. Te miras al espejo y casi esperas ver mi cara para maldecirme pero no, solamente estás tú, con los ojos cansados y los labios apretados intentando controlar esa despreciable palabra que no te atreves a vomitar.
Vuelves a tu habitación y ni siquiera cenas, tienes el estómago revuelto y el pulso te da por saco acelerándose sin motivo aparente. Sientes mareos, angustia y un desasosiego que no sabes describir. Y mejor que ni lo intentes porque, si hablas, lo primero que se te escapará será un nombre que no quieres ni que exista. Si escribes, más de lo mismo. Te pasa como a Tolstoi cuando su hermano le dijo que se quedase en aquél rincón hasta que dejase de pensar en un oso blanco... salvo que tú no eres Tolstoi, tu hermano no te ha dicho nada y yo soy el oso blanco en que no dejas de pensar.
Te fallan las fuerzas pero intentas no dormir por el acojone de soñar conmigo después del día de mierda que llevas con mi nombre en la sesera. Vete tú a saber qué mierdas puede proyectar tu subconsciente si, en plena vigilia, te ha estado puteando de esa manera. Es un fastidio pero ya no puedes con tus párpados y se apodera de ti una mezcla de cansancio y miedo que no te deja en paz pero, admítelo, lo que más te avergüenza es que en el fondo tienes una curiosidad casi tan grande como ese absurdo orgullo tuyo. Quizá incluso mayor... pero tienes que mantener esa fachada que, sin embargo, se cae a pedazos por mucho que te empeñes en intentar cubrirla con apariencias que no te tragas ni tú.
Y hablando de tragar, acabas de joderte la garganta un poco más al tragarte ese nudo que se te ha formado porque sí, has oído una voz y no es la tuya. Demasiado familiar para no reconocerla, demasiado nítida para ser un recuerdo. ¿Acojona, verdad? Relájate un momento y escucha. Es mi voz y la escuchas perfectamente y solamente pronuncia tres palabras para decirte, como si de Walter White se tratase, “Di mi nombre”. Venga, aguanta, no hagas ni puto caso... pero espera,empiezan a fallarte también las fuerzas que te mantenían en silencio, las que creías que impedían que tu cordura se desvaneciese y sin darte cuenta, abres un poco la boca, separas los labios lo justo para que se escape un sonido leve, casi imperceptible, como el ronroneo de un gato a punto de dormirse. Y lo dices. En un susurro, apenas una facción de segundo, casi ni tú lo has oído y sin embargo resuena por las paredes como un eco atronador y silencioso. Te encuentras ahora en paz, en tu cabeza se forman frases con ese nombre que no querías pronunciar y asaz sorprendente es el hecho de que, en contra de lo que pensabas al levantarte, te invade una sensación agradable, largo tiempo olvidada o, mejor dicho, soterrada. No sabes el motivo mas intuyes, empero, que esta noche dormirás de una forma distinta. Ni mejor, ni peor, sencillamente diferente a lo que te has habituado. No sabes lo que te espera pero te sorprendes sonriendo en la oscuridad con ese nombre, mi nombre, en tus labios dejándote un sabor dulce. Cierras los ojos y ves los míos. El día acaba, en teoría, jodido. Soy el oso blanco.

Y tú, caes.

2 comentarios:

A. R. Dark dijo...

Me ha encantado.
Es muy gráfico y cualquiera que haya pasado por una separación seguro que se siente identificado.
Mola como has descrito esa incapacidad para dejar de pensar en alguien en quien no deberías pensar y cómo al final es inevitable caer en la tentación.
Lo bueno es que tarde o temprano esa incapacidad desaparece y acabas ignorando a esa persona.

Rhobert W. Valgar dijo...

Mil gracias por tu comentario, sabes que me anima mucho que saques un ratito para darme tu opinión ;)
La verdad es que lo escribí un poco como hipótesis porque tengo la suerte de que, desde hace un tiempo, en mi vida no pronuncio ni un solo nombre que no merezca la pena :)