viernes, 25 de octubre de 2013

Hemingway y el ADN

Antes de nada, quiero aclarar que no es mi intención hablar de literatura ni de genética en términos habituales ni, por lo tanto, basados en nada más que en impresiones. Aclaro esto porque aunque no suelo recibir comentarios, tampoco quiero que luego se critiquen mis alusiones al mundo literario ni venga alguien del entorno de la biología a ponerse imbécil por haber dicho algo sin sentido.
Sentadas estas bases, comenzaré hablando del motivo por el que he elegido este título. Tiene apenas dos meses y se llama Ernest. Mar y yo le encontramos una noche que salíamos a tomar un helado. Estaba en mitad de la carretera y pasó un coche que creímos que le habría atropellado. No fue así, pero se acercaba otro, más rápido que el anterior y había un 99,9% de posibilidades de que ese otro sí le arrollase. Lo pienso ahora y, valga la redundancia, no lo pensé mucho y salí derecho a por él. Ahí, en mitad de la carretera, estábamos los dos, un gatito asustado y yo inconsciente de que me podían atropellar a mi también y que solamente quería apartarlo del peligro… no se me ocurrió nada mejor que cogerlo en brazos y a día de hoy ese pequeñazo está, mientras escribo esto, acurrucado junto a ella en nuestra cama, posiblemente durmiendo sobre su cabeza o hecho un ovillo en su cuello para no perder su hábito de bufanda. Su nombre es un homenaje a Ernest Collin Hemingway pero ya no tanto por su obra si no más bien por su máxima vital. Hemingway valoraba, por encima de todo, la credibilidad aunque a él le gustaba más utilizar la palabra “veraz”, le gustaba cómo sonaba, una forma contundente de evocar la verdad… y desde hace un tiempo, como muchas personas ya sabrán, la verdad es para mi algo indispensable. Aviso también de que si alguien se va a poner gilipollas diciendo que yo era o yo hacía o yo decía, puede y debe plantearse seriamente irse a tomar por culo porque sé perfectamente cómo era, cómo hablaba y cómo actuaba tiempo atrás y, siendo veraz, como mi apreciado autor, si alguien es lo bastante vulgar como para seguir viéndome como era y no como soy ahora, es más que probable que ni siquiera entienda lo que estoy escribiendo y debería dedicar su tiempo a menesteres más adecuados a su escasa amplitud de miras. Y es que, si algo aprendí de Hemingway es que ser sincero no siempre va de la mano con los buenos modales ni está necesariamente reñido con decir a esta persona o a aquella, con total sinceridad, que son unos cantamañanas.
Sí, lo reconozco y no me enorgullece admitir que mentía mucho, tanto que hasta a mi me sorprende a día de hoy. Mentí a mi familia, a mis amigos, a mis (por entonces) parejas y sobre todo, a mí mismo creyéndome lo bastante buen mentiroso como para salir airoso de mis embustes. Perdí mucho y a muchas personas pero aprendí mucho sobre los demás y sobre mi mismo. A día de hoy, y aunque es poco en comparación con lo que otrora hiciere, hablo solamente con la voz de la verdad y no guardo secreto alguno. Por eso puedo decir que, quien quiere, me conoce, quien no me conoce y prefiere quedarse con la versión antigua y corrupta de mi persona, es su decisión pero me parece una soberana muestra de retraso mental puesto que es una persona que prefiere anclarse en un pasado negativo en vez de plantearse la posibilidad de un presente positivo. Es cosa de cada cual, pero imbéciles hay en todas partes y eso me sirve para identificarlos mejor y saber con quién no debo perder mi tiempo.
Por otro lado, esta sinceridad me viene de haber recibido suficientes golpes de mis errores y, qué curioso, después de cometerlos tuve una peculiar conversación sobre errores vitales con una persona con la que jamás creí que hablaría de estos temas: mi padre. Lo que me sorprendió no fue que él, de joven, cometiese errores si no el hecho de que los que él me relató tenían un pasmoso reflejo en los míos propios. Ni siquiera le había hablado de mis tropelías y ahí estaba él, hablándome de cómo él, de joven, hizo esto o aquello para conseguir tal o cual. Fue entonces como, si de una teoría Lamarck se tratase, me planteé la posibilidad de que hubiese errores con consecuencias capaces de dejar marcas tan profundas como para, de algún modo, filtrarse hasta nuestro ADN y convertirse en una suerte de herencia genética que nuestros descendientes estén condenados a recibir y repetir. Como dije al principio, esta observación no es más que una metáfora de cuán curiosa es la vida y cómo, sin saberlo, recibimos en ocasiones algo más que las características de los genes dominantes y las lecciones de la educación. La lección que aprendí fue dura al ver reflejadas en mi padre las consecuencias de sus actos y me di cuenta de que, de no haber dado un giro a mi vida, habría seguido por el mismo camino de mentiras y probablemente mi porvenir no habría sido más que un eco de un pasado que se habría repetido y me habría llevado a ser alguien que no quiero ser.
Por todo esto, con todo mi cariño, cuido de mi pequeño Ernest, al que no considero una mascota si no un amigo, un pequeño aprendiz al que intento instruir en el arte del Ninja (y debo reconocer que se le da muy bien atacar por sorpresa y esconder cadáveres), casi un hijo. Un hijo al que he dado un nombre que, para mi, significa ser sincero y por eso le enseño la verdad de las cosas junto a Mar, que le quiere como una madre y que me ayuda, día a día, a ser mejor persona y a superarme cuando creo que estoy estancado o cuando directamente lo estoy. Cometió mi padre, en una ocasión, el error de abandonar a su familia y como si fuese un rasgo ineludible garbado a fuego en mi genoma, yo hice lo mismo. Él la recuperó, yo tuve que hundirme hasta el fondo para, poco a poco, empezar de cero. Formé una nueva familia, una nueva vida y volví a ser la persona que el dolor y la rabia hicieron que dejase de ser y que nunca debí haber evitado mostrar.
Tengo presente lo que fui para así no caer en el mismo error, pero tengo aún más presente que ya no soy así y por tanto, si lees esto y me conoces sabrás que soy veraz y si no me conoces, puedes hacer la prueba y conocer al verdadero yo. Pero si conociste al antiguo yo y lo que prefieres es estancarte en la idea de que sigo siendo así, permíteme decirte, con toda mi honradez, que tienes una predisposición genética a la idiotez y la mediocridad y que posiblemente deberías invertir tu tiempo en encontrar el cromosoma que te falta para, de paso, no hacerme perder a mi un tiempo que puedo aprovechar en cuidar de quienes me importan y entre los que demuestras que no estás.

Shallom a quien me lea con el corazón y una “hostia bien dá” a quien solamente busca cotillear y criticar a las espaldas.

4 comentarios:

A. R. Dark dijo...

Aquí estudiante de biología:
Aunque sea una metáfora, lo cierto es que tu teoría podría ser en parte cierta.
Primero, muchas pautas de comportamiento están regidas genéticamente incluyendo algunos comportamientos "estupidos", o crueles.
Segundo el aprendizaje se realiza por imitación, si tu has visto a tu padre hacer ciertas cosas (que serian la base de esos errores) es lógico que las hayas reproducido porque por biología tu padre sería tu modelo a seguir y de este modo te llevarían a los mismos errores.

Rhobert W. Valgar dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
A. R. Dark dijo...

Puede que los errores sucedieran antes pero las causas puede que se mantuvieran y fuera eso lo que aprendiste. Por ejemplo, una persona puede generar alcoholismo por un problema de autoestima, el problema de la autoestima va a estar presente antes y puede que después de la adicción y alguien que aprenda esa actitud para consigo mismo tiene mayor probabilidad de caer en una adicción similar, sin necesidad de ser consiente de la misma

Rhobert W. Valgar dijo...

Visto así, admito que me dejas sin saber qué decir XD.
Lo cierto es que, para tratarse de los errores que cometió, nunca le he visto afectado por ello y su actitud siempre ha sido la de una persona normal.
Por cierto, va siendo hora de que escribas que tu blog está abandonadito ;)