Antes de nada, quiero aclarar que no es mi intención hablar
de literatura ni de genética en términos habituales ni, por lo tanto, basados
en nada más que en impresiones. Aclaro esto porque aunque no suelo recibir
comentarios, tampoco quiero que luego se critiquen mis alusiones al mundo
literario ni venga alguien del entorno de la biología a ponerse imbécil por
haber dicho algo sin sentido.
Sentadas estas bases, comenzaré hablando del motivo por el
que he elegido este título. Tiene apenas dos meses y se llama Ernest. Mar y yo
le encontramos una noche que salíamos a tomar un helado. Estaba en mitad de la
carretera y pasó un coche que creímos que le habría atropellado. No fue así,
pero se acercaba otro, más rápido que el anterior y había un 99,9% de
posibilidades de que ese otro sí le arrollase. Lo pienso ahora y, valga la
redundancia, no lo pensé mucho y salí derecho a por él. Ahí, en mitad de la
carretera, estábamos los dos, un gatito asustado y yo inconsciente de que me
podían atropellar a mi también y que solamente quería apartarlo del peligro… no
se me ocurrió nada mejor que cogerlo en brazos y a día de hoy ese pequeñazo
está, mientras escribo esto, acurrucado junto a ella en nuestra cama,
posiblemente durmiendo sobre su cabeza o hecho un ovillo en su cuello para no
perder su hábito de bufanda. Su nombre es un homenaje a Ernest Collin Hemingway
pero ya no tanto por su obra si no más bien por su máxima vital. Hemingway
valoraba, por encima de todo, la credibilidad aunque a él le gustaba más
utilizar la palabra “veraz”, le gustaba cómo sonaba, una forma contundente de
evocar la verdad… y desde hace un tiempo, como muchas personas ya sabrán, la
verdad es para mi algo indispensable. Aviso también de que si alguien se va a
poner gilipollas diciendo que yo era o yo hacía o yo decía, puede y debe
plantearse seriamente irse a tomar por culo porque sé perfectamente cómo era,
cómo hablaba y cómo actuaba tiempo atrás y, siendo veraz, como mi apreciado
autor, si alguien es lo bastante vulgar como para seguir viéndome como era y no
como soy ahora, es más que probable que ni siquiera entienda lo que estoy
escribiendo y debería dedicar su tiempo a menesteres más adecuados a su escasa
amplitud de miras. Y es que, si algo aprendí de Hemingway es que ser sincero no
siempre va de la mano con los buenos modales ni está necesariamente reñido con
decir a esta persona o a aquella, con total sinceridad, que son unos
cantamañanas.
Sí, lo reconozco y no me enorgullece admitir que mentía
mucho, tanto que hasta a mi me sorprende a día de hoy. Mentí a mi familia, a
mis amigos, a mis (por entonces) parejas y sobre todo, a mí mismo creyéndome lo
bastante buen mentiroso como para salir airoso de mis embustes. Perdí mucho y a
muchas personas pero aprendí mucho sobre los demás y sobre mi mismo. A día de
hoy, y aunque es poco en comparación con lo que otrora hiciere, hablo solamente
con la voz de la verdad y no guardo secreto alguno. Por eso puedo decir que,
quien quiere, me conoce, quien no me conoce y prefiere quedarse con la versión
antigua y corrupta de mi persona, es su decisión pero me parece una soberana
muestra de retraso mental puesto que es una persona que prefiere anclarse en un
pasado negativo en vez de plantearse la posibilidad de un presente positivo. Es
cosa de cada cual, pero imbéciles hay en todas partes y eso me sirve para
identificarlos mejor y saber con quién no debo perder mi tiempo.
Por otro lado, esta sinceridad me viene de haber recibido
suficientes golpes de mis errores y, qué curioso, después de cometerlos tuve
una peculiar conversación sobre errores vitales con una persona con la que
jamás creí que hablaría de estos temas: mi padre. Lo que me sorprendió no fue
que él, de joven, cometiese errores si no el hecho de que los que él me relató
tenían un pasmoso reflejo en los míos propios. Ni siquiera le había hablado de
mis tropelías y ahí estaba él, hablándome de cómo él, de joven, hizo esto o
aquello para conseguir tal o cual. Fue entonces como, si de una teoría Lamarck
se tratase, me planteé la posibilidad de que hubiese errores con consecuencias
capaces de dejar marcas tan profundas como para, de algún modo, filtrarse hasta
nuestro ADN y convertirse en una suerte de herencia genética que nuestros
descendientes estén condenados a recibir y repetir. Como dije al principio, esta
observación no es más que una metáfora de cuán curiosa es la vida y cómo, sin
saberlo, recibimos en ocasiones algo más que las características de los genes
dominantes y las lecciones de la educación. La lección que aprendí fue dura al
ver reflejadas en mi padre las consecuencias de sus actos y me di cuenta de
que, de no haber dado un giro a mi vida, habría seguido por el mismo camino de
mentiras y probablemente mi porvenir no habría sido más que un eco de un pasado
que se habría repetido y me habría llevado a ser alguien que no quiero ser.
Por todo esto, con todo mi cariño, cuido de mi pequeño
Ernest, al que no considero una mascota si no un amigo, un pequeño aprendiz al
que intento instruir en el arte del Ninja (y debo reconocer que se le da muy
bien atacar por sorpresa y esconder cadáveres), casi un hijo. Un hijo al que he
dado un nombre que, para mi, significa ser sincero y por eso le enseño la
verdad de las cosas junto a Mar, que le quiere como una madre y que me ayuda,
día a día, a ser mejor persona y a superarme cuando creo que estoy estancado o
cuando directamente lo estoy. Cometió mi padre, en una ocasión, el error de
abandonar a su familia y como si fuese un rasgo ineludible garbado a fuego en
mi genoma, yo hice lo mismo. Él la recuperó, yo tuve que hundirme hasta el
fondo para, poco a poco, empezar de cero. Formé una nueva familia, una nueva
vida y volví a ser la persona que el dolor y la rabia hicieron que dejase de
ser y que nunca debí haber evitado mostrar.
Tengo presente lo que fui para así no caer en el mismo
error, pero tengo aún más presente que ya no soy así y por tanto, si lees esto
y me conoces sabrás que soy veraz y si no me conoces, puedes hacer la prueba y
conocer al verdadero yo. Pero si conociste al antiguo yo y lo que prefieres es
estancarte en la idea de que sigo siendo así, permíteme decirte, con toda mi
honradez, que tienes una predisposición genética a la idiotez y la mediocridad
y que posiblemente deberías invertir tu tiempo en encontrar el cromosoma que te
falta para, de paso, no hacerme perder a mi un tiempo que puedo aprovechar en
cuidar de quienes me importan y entre los que demuestras que no estás.
Shallom a quien me lea con el corazón y una “hostia bien dá”
a quien solamente busca cotillear y criticar a las espaldas.
4 comentarios:
Aquí estudiante de biología:
Aunque sea una metáfora, lo cierto es que tu teoría podría ser en parte cierta.
Primero, muchas pautas de comportamiento están regidas genéticamente incluyendo algunos comportamientos "estupidos", o crueles.
Segundo el aprendizaje se realiza por imitación, si tu has visto a tu padre hacer ciertas cosas (que serian la base de esos errores) es lógico que las hayas reproducido porque por biología tu padre sería tu modelo a seguir y de este modo te llevarían a los mismos errores.
Puede que los errores sucedieran antes pero las causas puede que se mantuvieran y fuera eso lo que aprendiste. Por ejemplo, una persona puede generar alcoholismo por un problema de autoestima, el problema de la autoestima va a estar presente antes y puede que después de la adicción y alguien que aprenda esa actitud para consigo mismo tiene mayor probabilidad de caer en una adicción similar, sin necesidad de ser consiente de la misma
Visto así, admito que me dejas sin saber qué decir XD.
Lo cierto es que, para tratarse de los errores que cometió, nunca le he visto afectado por ello y su actitud siempre ha sido la de una persona normal.
Por cierto, va siendo hora de que escribas que tu blog está abandonadito ;)
Publicar un comentario