Tú, sí, tú, no mires a otro lado, no te hagas el despistado,
sabes que te hablo a ti, maldito. O maldito yo por tu culpa si lo prefieres,
pero sí, te hablo a ti. Te hablo desde la incredulidad por tu don de la
oportunidad, desde el dolor que me provoca tu mera existencia y desde la rabia
que siento al no poder anticiparme a tus jugadas, al no poder disponer de mi
propia vida a mi antojo. Te hablo con la cabeza embotada, con la herida aun
sangrante en mi brazo, doblado de dolor y con la vista nublada pero te hablo
decidido a maldecir tu nombre como tú has marcado con tu estigma mi día a día.
Tú, cuyo nombre suena casi a dios de hiboria, tú, que no
dices de dónde vienes pero sí hasta dónde piensas llegar. Tú, bastardo
silencioso que solamente traes dolor y sustos, muchos sustos. Tú,
insignificante sobre el papel pero monstruoso en tus obras, tú, que eres capaz
de obligarme a matarme poco a poco y sin piedad, sin alivio, sin poderlo evitar
y siempre, siempre, haciéndome sufrir, haciendo que desee cerrar los ojos,
llevándome al extremo de querer no sentir nada, pues hasta de mi corazón los
sentimientos vuelves contra mi. Tú, que me causas dolor con tan sólo respirar y
logras que haya días en que solamente por amar no pueda tenerme en pie.
Tú, que me postras en cama y me impides luchar por mi
futuro, que me anulas hasta el punto de que siento cómo se aleja cuanto me
importa, que me haces ver cómo aquellos a quienes quiero se van, hastiados y
asqueados por verme una vez más como un patético cuasi vegetal que, a veces, ni
siquiera puede hablar. Tú, que me visitaste por vez primera como por casualidad
y llegaste, como cada vez desde entonces, sin avisar, sin ruidos, sin grandes
aspavientos. Te instalaste en mi vida bajo la excusa de que siempre estuviste,
que tan sólo dormías, que por azares del destino despertaste y decidiste hacer
de mi vida tu patio de recreo y como un niño salvaje comenzaste a romperlo
todo. Siempre en silencio, siempre sin aviso y siempre marchándote para crear
la falsa ilusión de que lo roto se puede enmendar, que quizá esta vez sea la
última, que nunca volverás. Pero siempre regresabas y siempre regresarás.
Tú, en definitiva, que has marcado un día en tu macabro
almanaque. A saber cuándo será. Pronto, parece todo indicar, pero eres un
bastardo y no, no me puedes dejar en paz y por eso, cuando pasa cierto tiempo o
simplemente empiezo a sonreír, vuelves, juegas, rompes y cuando todo está hecho
trizas, te vuelves a marchar. Nunca dices hasta cuándo, nunca cuándo llegarás.
Solamente sabes, llegar, hacer daño y marchar.
Tu nombre ya resuena en mi cabeza como “una cosa más”, no es
el nombre que te he puesto, es el que otros te dan. No te odio por saber que
has de matarme, es tu sino, nada más. No te odio, simplemente, porque no hay
nada que odiar, porque eres solamente lo que había de pasar. No te odio porque
seas un monstruo invisible que me araña las entrañas y me impide respirar, no
te odio porque tú dormías y algo o alguien te hizo despertar. Ahora pago esa
afrenta de la forma más cruenta, pues con esta muerte lenta solo tengo tiempo
para pensar.
Quizá sea el tan manido Karma, justicia poética tal vez, una
lección de vida o ironía, puede ser. Pero heme aquí que me pregunto si algo
queda por probar, si de verdad hay algo o alguien que me anime a luchar. Cuán
curioso es, sin embargo, cuando visto desde fuera, se comprende (si se
entiende) que esto es sólo un caso más. Un momento puntual. Durará unos días,
semanas quizá, pero tal como vino y viene, así, en silencio se irá. Caminaré de
nuevo erguido aunque de nuevo salga herido. Veré con alivio cómo mi enemigo, mi
Némesis, tras romper algo se ha ido. Respiraré un poco más tranquilo pero
siempre habrá una parte temerosa de una nueva llegada silenciosa de tu
presencia dolorosa.
Hierve en mi la sangre de pura rabia pues has venido a mi
vida y si fueses a matarme lo comprendería. Pero no es tal tu juego. Retorcido
como fui yo antaño lo eres tú ahora y cuando este duelo acabe tus manos estarán
limpias de sangre. Al final, no serás tú quien me dé muerte, harás que lo haga
yo. Con mis propias manos o con miedo para hacerlo, pero igualmente yo. No te
odio porque existas pero juegas conmigo sabiendo que no podré ganar. Mis
propios peones cercarán al rey y solamente tú sabes cuál de ellos dará el
golpe. Pronto, tristemente pronto, la partida acabará, habrá silencio y una
risa y tu dedo me señalará.
No sé cuánto queda, no sé cómo pasará, pero cuando caiga, no
te habré de soltar y tú conmigo vendrás. No arriesgaré una vida al calvario que
tú portas. Conmigo morirás.
Es cuanto te digo.
No sé nada más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario