Así lo llamo hoy. Cuan curioso es, no obstante, todo.
Tiempo ha, yo lo tenía todo. Te tenía a ti. Era yo quien daba los consejos a los desamparados. Hoy soy quien ni siquiera los recibe.
Heme aquí que esta noche, etilizado, he creído verte incluso antes de que los licores hicieran mella en mi juicio... he aprendido a discernir según qué cosas, pero no puedo evitar verte a cada paso que doy y doblar cada esquina con el pulso acelerado. Quizá hoy te vea, quizá hoy nos crucemos... quizá sea capaz de recordar que no es posible. Esta noche, entre risas y chanzas he recordado lo que es añorar sentirte cerca y creo, si me permites decirlo, que nunca fui yo más feliz.
No, hoy tampoco diré tu nombre, ¿de qué serviría? Lo aborrezco. No quiero pronunciarlo, quiero referirme a ti con un beso y quiero hablar de ti en términos de abrazos y silencios en los que una mirada dijo lo que nuestros labios no se atrevían. No, no quiero mencionarte ni recordarte por un nombre. Quiero que, si me preguntan, tú seas la mancha de carmín negro que mi cuello ya no esconde.
Esta es una de esas noches en las que no añoro tanto tu cuerpo como tu voz, de esas noches en que hacerte mía no significa tomar tu cuerpo si no abrazar tu esencia.
No, hoy no añoro tu silueta retorciéndose al compás sordo de nuestros cuerpos amándose. Hoy solamente añoro ver cómo la luna, envidiosa, se cuela en tus ojos intentando en vano que la mire. En vano porque solo puedo mirarte a ti, porque hoy he creído verte tantas veces que ya no es culpa del alcohol... es porque algo hice mal.
Y te perdí.
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