miércoles, 15 de agosto de 2012

Recuerdo lo que (¿no?) pasó

Hoy es una de esas noches en que me paro a pensar. A veces ni siquiera sé en qué y puede que se me olvide porque no tenga importancia o porque no deba recordarlo.
Ahora, mientras escribo, me siento torpe porque voy despacio mientras escribo las palabras conforme se me amontonan en la cabeza e intento darles forma, como si fuesen un cordel del que tirar poco a poco para que no se hagan nudos. Puedo tomarme mi tiempo, esto no lo leo ni yo una vez lo he terminado y corregido las faltas. Puedo permitirme también decirlo abiertamente, porque me da igual si alguien lo leyese por error, nadie me va a preguntar. Te echo de menos.
Si te preguntas si va por ti, la respuesta es sí y si no digo tu nombre es porque no hace falta. Los dos sabemos de sobra quienes somos y qué pasó entre tú y yo, cómo están las cosas y por qué puedo echarte de menos y si tú no lo sabes... lo siento, pero creo que no hace falta decir mucho. La base es que se echa de menos a alguien cuando te importa y te falta. Tú cumples ambas.
Mira, realmente hay veces que no te entiendo y otras veces que te entiendo mejor que a mi mismo, pero ahora mismo solamente soy capaz de pensar en ti. Como mujer, has sido retorcidamente sencilla en ocasiones y en otras ridículamente complicada, siendo capaz de hacer lo contrario de lo que realmente querías para provocar en mi la respuesta que buscabas... y haciendo que yo mismo me diese cuenta muchas veces de lo equivocado que estaba al oír de mis labios cosas que en circunstancias distintas no habría creído capaz.
Es fácil aprender sobre el mundo o sobre los demás. Aprender sobre uno mismo es algo que uno nunca espera que suceda gracias a alguien ajeno. Tú lo conseguiste más de una vez.
Ahora mismo pienso en todas esas cosas que me emocionaron y nunca dijiste, en el hogar que no formamos en una tierra que ni siquiera sé si existe. Recuerdo tu voz como la melodía muda de una canción que nunca sonó y cuya letra no tuvimos tiempo de escribir.
Pienso en esos ojos profundos en los que me sumergía cada vez que te miraba y recuerdo aquellas veces en que me decías que te gustaban tus ojos y que los odiabas igual que tantas otras cosas que nunca sucedieron ni se dijeron. Recuerdo esa piel blanca que sabía ser seda y espino a la vez, tan suave como para horadar mi piel y con dulzura anlcarse a mi interior. tu cabello siempre olía a todo y a nada, absorbiendo la luz y a la vez proyectando un brillo brutalmente tenue; adoraba acariciarlo y enredar mis dedos mientras te sujetaba al besarte para que no te me escapases, para que no me matases. Tus labios, con o sin pintalabios, siempre sabían dulces. Los recuerdo negros y con sabor a mora, rojos como la sangre y de colores tan difuminados como el del maquillaje arrancado a besos que deja rastros que muestran por dónde pasé. Maldita droga que me bendijo con un placer de pureza inmoral. Casi siento de nuevo cómo las uñas de tus blancas manos rasgaban la piel de mi espalda y oigo el sonido del tejido desgarrándose y una gota de sangre correteaba mientras me clavabas la mirada y yo te miraba intentando no matarte y deseando que siguieras haciéndolo tú, despacio y cada vez rompiendo más mi piel. Todavía recuerdo aquella primera vez y cómo cogiste mi corazón con tus manos y te lo guardaste en el bolso.
Quizá siga ahí.

Continuará...

No hay comentarios: