Una taza de café humeante en una madrugada de verano
luz suave de una lámpara de forja con la forma de una casa de campo con chimenea,
una chimenea blanca de cristal
que arroja luz, no humo
aquí sólo humea el café.
Suena de fondo un jazz genérico
es mentira, el jazz es de todo menos genérico
—si de verdad es jazz
y no música de ascensor—
y aquí junto
"Castelao. Obra completa. Narrativa e Teatro"
Dos marcos vacíos —que yo pinté
pero no acabé— cuelgan en la pared
preguntándome si algún día les daré
la mano de pintura que les falta,
la foto que enmarcar que
—incluso más—
también les falta.
Huele una vela a manzana
y canela.
No huele a ti
–sólo tú olías a ti—
y el café humeante con sabor a caramelo ya no huele
a café
ni a caramelo;
ni de pronto el jazz suena a lo mismo y un piano suena
como un martillo muy pequeño
golpeando contra un cristal de roca
y me acuerdo de tu risa
que no sonaba así
—a cristal—
y no sé,
de pronto,
cómo estoy aquí
y tú allí
y los dos
así.
Y así,
aquí,
me despierto.
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