(…) veía nada. Tampoco puedo decir si podía oír algo o me lo
estaba imaginando. En cualquier caso, la sensación era parecida a
estar tumbado, flotando en la superficie de algo y, a la vez, inmerso
en ello. La sensación familiar en los oídos, como cuando entra el
agua y, aunque no hay silencio, todo sonido parece amortiguado,
lejano como si hubiese una pared de por medio entre la fuente y yo.
El cuerpo, sin llegar a la ingravidez absoluta pero desde luego sí
mucho más ligero y rodeado por ese tacto no completamente
desconocido y semejante a moverme en una masa de agua. El más mínimo
gesto parecía encontrar una levísima resistencia, que casi parecía
hecha a propósito, como un recordatorio de que no estaba en una
situación normal, pero que tampoco era una amenaza.
Me es tremendamente
complicado saber cuánto tiempo estuve así. Ahí. O si lo llegué a
estar realmente. Pero lo que sí recuerdo con una claridad que ni yo
mismo creía posible es el momento en que regresé.
En algún momento
(si es que se puede aplicar terminología cronológica a un sitio en
que no estoy seguro de que el tiempo significase algo), sentí un
tirón. Tan claramente como si lo estuviera experimentando ahora
mismo. Si antes tenía la sensación de estar tumbado y flotando, lo
que fuera que tiró de mi, tiró también de todo (o la nada) que me
rodeaba y envolvía. Ya no tenía la misma sensación, seguía
flotando y envuelto, a oscuras y sintiendo la resistencia del entorno
y lo poco que oía seguía pareciendo lejano, distorsionado y
deformado. Ahora, simplemente, tenía la sensación inexplicable de
que todo estaba en vertical. Que yo flotaba en vertical.
Sin haber procesado
del todo nada de lo que había pasado, volví a sentir que algo
tiraba de mi, esta vez me pareció ver una luz, un destello. No lo sé
exactamente y tampoco creo que importe. Me pareció oír una voz.
Durante una fracción de segundo, abrí los ojos. Vi a un hombre
delante de mi. Cabello blanco, unos vaqueros y una chaqueta marrón
bajo la que pude ver que llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo.
Parecía estar hablando con alguien a quien no logré ver, pero sé
que no era conmigo. No le conocía de nada y a la vez…
Entonces intenté
volver a mirar, pero no lo conseguía. Por alguna razón no podía
abrir los ojos. Era como si no pudiera controlarlos, como si no
quisieran obedecerme. Volví a sentir el tirón. Esta vez no pude ver
nada pero me pareció que podría oír mejor. Pero el hombre, si es
que seguía donde lo había visto antes, no dijo nada esta vez. Sin
embargo, sí percibí la sensación de que mi cuerpo, como un junco
que se mece por una brisa y regresa a su lugar, regresaba a donde
fuera y como fuera que se encontraba antes de que lo que sea que
tiraba de mí me reclamase.
No tenía claro
dónde estaba, cómo había llegado ahí ni cuánto tiempo había
pasado, pero algo me decía que lo que estuviera tirando de mi…
tenía que aferrarme a ello. Aquél hombre… tenía que buscarlo.
Si bien no era una
gran cantidad de pensamientos, parece ser que tardaron lo bastante en
tomar forma en mi cabeza porque, de nuevo, tiraron de mi.
Volví a poder
entreabrir los ojos. Él estaba allí. Parecía llevar algo en la
mano derecha. Por momentos parecía un arma y al instante era una
botella. Era una escena estática y, a la vez, estaba convencido de
que había movimiento. No podía oír nada pero estaba seguro de que
había sonido. Todo estaba a oscuras pero podía ver por el rabillo
de ambos ojos sendos puntos de luz que… recuerdo que pensé
“Espera…” y de pronto me di cuenta de que había olvidado por
completo que tenía manos. O al menos una. Podía sentir mi mano
derecha unicamente y parecía estar lejos. Muy lejos. Pero parecía
que podía moverla. Sin embargo, algo no cuadraba porque cuando le
ordené alejarse de mi para intentar tocar los puntos de luz que vi,
mi mano hizo lo contrario. En lugar de alejarse de mi cuerpo, vino
hacia mi, como si procediera de otro lugar. Como si no fuese mi mano.
Pero cuando le ordené cerrarse, noté perfectamente cómo tocaba
esos puntos de luz. No entendía qué estaba pasando pero lo más
parecido que logro describir es la idea de estar frente a un espejo,
estirar la mano y que lo atraviese mientras, a la vez, el reflejo de
la mano sale del espejo, imitando los movimientos y la trayectoria de
la original.
No sé muy bien por
qué, pero en ese momento tuve la sensación de que no tenía tiempo
de buscarle una explicación. En algún momento algo se había
torcido y la único que me importaba era sujetar con fuerza aquellos
dos puntos de luz y tirar de ellos. Y eso hice.
Desconozco por
completo qué pasó. Ni siquiera sé cuántas veces repetí el
proceso. Lo que sí recuerdo es que, en un momento dado, uno de los
tirones que di pareció tener el efecto que ni siquiera sabía que
estaba buscando. Tiré de las luces y pude abrir los ojos. Fue un
instante muy breve, pero ahí estaba. El hombre del pelo blanco,
delante de mi… en la pantalla.y ahí estaba yo, reclinado en mi
silla. Había puesto una película y me había dormido. Por eso
recordaba al hombre aunque no le conociera. Por eso tenía que estaba
tumbado al principio y más erguido cuando me había enderezado un
poco antes. Era eso, me había dormido viendo una película.
Pero, ¿estaba ahora
despierto? Volví a tener la sensación de retroceso y la luz se
atenuó, el sonido volvió a amortiguarse y los ojos se volvieron a
cerrar. No entendía qué estaba pasando. Era consciente de que me
había dormido y, en teoría, tocaba despertarme. Es más, quería
despertarme. Pero no podía. Algo me lo estaba impidiendo. No sé qué
era pero sí recuerdo la sensación de que estaba detrás de mí,
tirando de mí hacia atrás, como si delante estuviera el mundo y a
mis espaldas… otro sitio. No tenía ni la más remota idea de qué
lugar era ni quién tiraba de mi. Pero sin duda era alguien. No tenía
miedo, pero no quería dejar que tirase más. De hecho, más que no
querer, tenía la sensación de que no debía permitir que lo
hiciera. Aún no comprendo por qué.
Volví a alargar la
mano y, de nuevo, vi cómo se acercaba a mi cara de frente. Cerré de
nuevo los dedos aunque no estaba viendo las luces y tiré. Abrí los
ojos un momento y vi la pantalla, al hombre de pelo blanco. Miré un
segundo a mi alrededor y me di cuenta de que tenía mi mano en la
cara, tirando. Se me volvieron a cerrar los ojos y otra vez la
sensación de que algo detrás de mi tiraba, esta vez como si me
cogiera del pelo. Un tirón más de mi mano, otro destello. El hombre
estaba cerca de una puerta, alguien de espaldas a la cámara hablaba
con él. Recuerdo pensar “¿Qué pasa?” y volver a cerrar los
ojos. En esta ocasión fue como si, quien tiraba de mi no tuviera más
espacio, como si se hubiera topado con alguna pared o algo que
restringiera sus movimientos y le impidiera alejarnos más.
Tiré de nuevo.
Cuando abrí los
ojos, mi mano derecha estaba pegada a mi cara. Los dedos doloridos
del esfuerzo de apretar, los músculos del brazo aún tensos de
tirar.
Recuerdo que,
durante un rato, me hizo gracia. Pensé que me había quedado dormido
de una forma contundente, como cuando mi abuela, después de comer,
empieza a ver la telenovela y se duerme a los pocos minutos.
Pero a lo largo del
día esa sensación dejó de ser divertida.
No sé explicar
cómo, pero sé, de alguna forma dentro de mi, que toda esta
situación duró una cantidad de tiempo considerable. Aunque no tenga
una forma física precisamente envidiable, el cansancio que
experimenté no era algo que pudiera resultar de unos pocos segundos.
Sin embargo, cuando “salí de allí” no sólo no habían pasado
horas, sino que, según el indicador de tiempo de la película, no
habían pasado ni treinta minutos y… si no fuera un completo
despropósito (que atribuyo a que estos últimos días no han sido
los mejores), pondría la mano en el fuego por el hecho de que,
cuando miré el reloj, la hora que vi era anterior al momento en que
me había sentado a ver la película.
Ignoro por completo
si esto tiene alguna lógica, si lo he soñado todo, en parte o nada.
Desde que “volví” ha ido creciendo en mí la sensación de que
algo no anda bien, que no ha sido un susto. La sensación de que algo
ha cambiado. Unas horas después tuve un extraño ataque de ansiedad
que me ha perseguido hasta esta noche y en todo momento, una
sensación incómoda en la parte de atrás de la cabeza parece querer
decirme algo.
Y aunque son las tres y cuarto de la madrugada de un domingo, por primera vez en mi vida, me da miedo pensar que debería irme a dormir.
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