Idas y venidas de una mente aburrida que, en su afán de algo profundo, con palabras jode al mundo.
lunes, 2 de octubre de 2017
Kyoto-Yaroslavl in watermelon screams
Los recuerdos de aquella noche no son claros. Nada hay que pueda recordarme cómo fue, qué pasó ni qué palabra inició todo lo que vino después. De las brumas del olvido sólo escapan los fragmentos tenues que callan más que dicen y que parecen sólo existir para recordarme que sí, fue real y no el hermoso y terrible sueño que se antoja a quien no pudo vivirlo. Sí, estuve allí. Sí, la vi.
Es confuso el tiempo para mí, lo admito, desde que los años decidieron ignorar mi forma para sólo tornear mi fondo con las caprichosas lecciones que me han ido dejando. Quizá fue hace un año, quizá fueron diez. Puede incluso que fuese ayer mismo o que esté por suceder, que ocurriese hace incontables siglos o tras el último atardecer. No lo sé. Recuerdo, empero, aquél aroma inconfundible. Poco hay más característico que el olor a sal, a mar por la mañana temprano. Como cada mañana, recorría los once siglos de Kyoto y al llegar a la bahía la vida explotaba en el ancestral baile entre mar y marineros, el que da y el que recibe el sustento. Terribles olas que aguardaban, calmadas, esperando no tener que desbocarse. Pescadores rudos ávidos por de las mejores presas y a la vez midiendo cada paso para no tomar más de lo permitido.
Como cada mañana, aquellos hombres pactaban sin saberlo con Ryojin, quien les miraba desde debajo de las aguas. Pocas veces reparaba en mí y reconozco que había sido la primera vez que conocía a una deidad tan peculiar. Sí, tuve miedo, pero que yo pudiera verle tampoco le había dejado precisamente tranquilo. Sólo un par de décadas de tantearnos con cuidado lograron que alcanzásemos aquél delicado equilibrio basado en un respeto poco usual. El respeto que se tiene a un dios dragón y el respeto que ese mismo dios dragón tiene a… bueno, a mí. No le sorprendió la noticia de mi partida llegando incluso a asegurar que iría a buscarme si los once siglos se le acababan demasiado pronto cuando decidiese volver a Kyoto. No sólo fue un halago, sé que lo dijo en serio.
Al final llegué aquí nada que no esperase encontrar. Aibhil tenía debilidad por buscarme para darme las noticias. Sus noticias. Aunque estaba ligada a la familia O’Brien, la más célebre de las banshees tuvo a bien venir a buscarme hasta Ярославль (Yaroslavl). A veces parecía disfrutar dando los mensajes pero lo que pocos sabían es que, al menos Aibhil, tenía cariño a la familia a la que destrozaba con sus gritos de muerte y tragedia. Por suerte para ella, darme noticias a mí era casi como unas vacaciones.
Hubiera preferido no entretenerme pero Nürmberg tiene… algo. Aunque de aquella visita no recuerdo nada, ninguno de los tenues retazos trata sobre la ciudad.
Lo siguiente que viene a mi memoria ya eres tú.
Si el tiempo no me dice nada, imagina qué efecto puede tener el lugar. Exacto, ninguno, o así era hasta que apareciste. De todas las posibles combinaciones que se pudieran manifestar ante mí en cualquier modo, concebible o no, tú eras sin duda la única para la que no estaba preparado.
Hablo de ella como si estuviese escuchando o como si en algún momento fuese a hacerlo. Disculpad, a veces no mido bien la realidad.
De la nada, imparable como el avance de Jagannātha, surgió un leviatán de verde y rojo, mas no provenía esta fuerza de mar o lago alguno ni descendió desde los cielos. Esta fuerza durmiente del mundo era distinta a cuanto hubiese conocido anteriormente y, sin embargo, me buscaba. Buscaba mi conversación. Ni siquiera ella misma sabía que me conocía pero nada la detuvo hasta que sus ojos de color madera comenzaron a horadar mi ser buscando lo que no puede ser visto.
Visto en perspectiva, podía haberme defendido, podía haber cerrado el paso.
Pero por primera vez en más tiempo del que creo posible siquiera contar, la que buscaba y lo que era buscado eran uno y lo mismo. Ella era tan yo como yo era ella.
Al cielo le falló el viento y las nubes caían poco a poco. Las aguas parecían inmóviles espejos no querido hacer ruido alguno que interrumpiese el silencio más profundo que el mundo jamás viviera. Todo y todos, seres conscientes y ajenos a aquél momento, contuvieron el aliento a la espera de una palabra, un gesto o quizá el inevitable fin de todo.
Sabía que era mi opuesta y sólo rozarla en una lucha nos mataría a los dos y después reduciría la existencia a un recuerdo condenado a perderse.
Pero tuve que besarla.
El fin del mundo tenía sabor a sandía.
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