miércoles, 7 de mayo de 2014

Trébol de esmeralda.


Verdes, así eran. De un color que jamás he vuelto a ver y que sé que jamás volverá a existir. Así eran sus ojos, así los vi cuando la conocí y con ese brillo me enamoré. No encuentro todavía forma de explicar lo irreal del verdor de aquellos ojitos que me miraron y se hicieron un hueco en mi alma para siempre. Imposible de explicar la forma en que, sin palabras, nos dijimos en un solo instante que queríamos estar juntos. Y así fue.
Ocho años hace desde que la conocí y ni un solo día ha pasado desde entonces sin que estuviese en mis pensamientos y hoy escribo algo que he intentado evitar desde que me dijo adiós hace apenas dos meses. Hoy, por segunda vez, la he sostenido sin vida entre mis brazos y, como sucediera la primera vez, no era ella y aun así, no podía más que verla a ella. Hoy, sin siquiera un mes de vida, he tenido en mis manos a mi pequeña y de nuevo he sentido lo que es que una lágrima grite por mí.

Y se llamaría Clover.

Recuerdo aquella mañana, caminando con mi padre hacia la tienda, cuando una vecina sacaba a pasear a su perro y, de repente, se agachaba y de entre sus manos, salía una pequeña bola negra. Nos acercamos a saludar y allí, apenas a la altura de mi tobillo, vimos a aquella criaturita minúscula con sus enormes ojos verdes mirando a todas partes y, de repente, me miró. En ese momento el mundo desapareció y yo la miré. Sin saber siquiera que lo estaba haciendo, sonreí y a día de hoy sigo creyendo que, de alguna forma, ella me sonrió. Cuando recuperé un poco mi sitio en el mundo, iba caminando con mi padre hacia la tienda y una pequeña bolita negra caminaba torpemente dando pequeños saltos junto a mis pies. Tras ocho años sigo sin ser capaz de decir quién de los dos estaba más contento de estar junto al otro. Según me contó mi padre, mientras yo estaba a saber dónde mirando fijamente a aquella preciosidad, su “dueña” le explicó no sé qué historia y, al parecer, estaba buscando quien la cuidase cuando, casualmente, nos cruzamos con ella. La verdad de todo aquello es que aquella inconsciente había comprado a aquella gatita apenas dos semanas después que a su perro, un cachorro juguetón pero muy poco delicado y, al no poder (o no querer) hacerse cargo de los dos, esa misma mañana había decidido abandonarla mientras sacaba a pasear al perro y poner como excusa que se había escapado o perdido. Nunca he creído en las casualidades.
La cara de mi madre fue un poema, pero me daba igual. Aquella gatita estaba conmigo. Nunca la consideré “mía” y siempre, a quien me preguntaba, le hablaba de ella como “mi amiga” o “mi protegida”. Debo confesar que tardé bastante en decidir su nombre y no lo elegí yo solo por lo que aprovecho para dar las gracias a quien me ayudó (si lo lees, gracias por la idea), pero desde que empezó a escucharlo, pareció identificarse con él, como si supiera que el trébol que daba color a sus ojos le daba, a su vez, una identidad. No fueron pocas las veces en que oía llamar a Clover y me confundía con mi nombre, sobre todo al principio. Todavía se me dibuja una sonrisa cuando recuerdo cómo dormía. Siempre conmigo, hecha un ovillo en mi pecho al principio de la noche y poco a poco subiendo hasta convertirse en una bufanda rodeándome el cuello y, a veces, haciéndose un hueco en la almohada delante de mi cara, como si mi respiración le ayudase a dormir. Por las mañanas, temprano, se despertaba y me daba golecitos con su patita para despertarme y que la llevase a desayunar y, si se me ocurría remolonear, los golpecitos se hacían más insistentes hasta que sacaba las uñas y tenía que despertarme sí o sí. Mientras me tomaba una infusión ella bebía de su cuenco de leche y, de vez en cuando, me miraba y se relamía. No hay palabras para explicar la sensación que me producía un gesto tan simple y, a la vez, tan profundo.
Más tarde, ese mismo año, me marcharía a estudiar fuera y separarme de ella me dolió más de lo que me atreví a admitir. Sin embargo, en las visitas que hacía a casa de mis padres, lo primero que hacía tras dejar las maletas era ir a buscarla y abrazarla y ella, como si nunca me hubiera ido, seguía siendo la misma. Mis padres y mi hermana me decían que era muy arisca y a veces incluso agresiva con ellos y los demás animales, pero conmigo siempre fue dulce y cariñosa. Siempre.
Hace unos años tuve un encuentro con un gato callejero idéntico a ella, salvo que era macho y aunque jamás hubo un contacto ni remotamente parecido, algunos días le llevaba algo de comer y al volver a pasar encontraba el lugar vacío de todo rastro de comida salvo porque en algunas ocasiones le pude ver terminando los últimos bocados. No era lo mismo, pero le cogí aprecio y por eso me dolió aquella noche en que le vi tendido en mitad de la calle, atropellado por algún indeseable que pasó por allí a más velocidad de la razonable en una calle tan estrecha. Me quedé helado. Por un momento vi a Clover allí tendida y algo se removió dentro de mí y, sin pensarlo ni saber muy bien lo que hacía, le cogí en brazos y caminé con su cuerpo sin vida hasta que encontré un lugar donde pudiera descansar en paz. No sé si hice bien, no sé si logré darle una despedida digna, pero en ese momento solamente podía pensar en que no podía dejarle allí, a merced de a saber quién o qué. Esa noche, por primera vez, Clover murió en mis brazos.
Hace dos meses recibí una llamada, era mi hermana con noticias sobre Clover. Había perdido mucho peso y no sabían qué le sucedía, la llevarían al veterinario para hacerle pruebas. Una semana después, tras hablar a diario para saber de mi pequeña, volví a coger el teléfono, estaban en el veterinario. Según los análisis, Clover tenía un recuento inusualmente alto de células afectadas por lo que parecía ser un tipo de leucemia. Había sido todo muy rápido, apenas unos meses antes había estado con ella en casa de mis padres y, sin más, mi hermana me pasó a mi padre al teléfono quien me dijo que lo sentía mucho... y colgó.
Unos días después, me llamó de nuevo para preguntarme como estaba y ni recuerdo lo que le dije. Lo único que recuerdo es que algo en mí se rompió y quizá por eso no me atrevía a escribir estas líneas. No quería creerlo, no podía, no era lo bastante fuerte. Y sigo sin serlo.
Hoy, uno de los gatitos que tuvo Shara, la gata de Mar, hace menos de un mes, ha muerto y mi primera reacción ha sido la misma que hace unos años. Al tenerlo entre mis brazos he visto a Clover cuando la conocí y las lágrimas que no pude derramar hace dos meses hoy se han escapado de mis ojos, incrédulos ante lo que estaba viendo. Esta misma tarde habíamos estado jugando con ellos y el pequeñín negro de ojos curiosos se quedó dormido en mi pecho como otrora hiciese mi pequeña. Lo último que hice, antes de que pasase todo, fue mirarle a los ojos y vi, entre el color grisáceo de los ojos de un gato que aún no los ha abierto del todo, un pequeño brillo verdoso tan dulce como familiar. Lo poco que quedaba en mi capaz de sobrellevarlo se ha venido abajo y lo único que puedo hacer es escribir estas líneas y llorar.
Porque hoy, por segunda vez, Clover ha muerto entre mis brazos.

Siempre te querré, mi pequeña, mi amiga, mí protegida… mi Clover.

1 comentario:

Unknown dijo...

Has logrado que me encariñe de tu amiga aún sin haberla conocido, mi Musty me acompaña desde hace unos 9 años ya... encontrado maltratado en la calle, con la cola quemada... mi romano gordo, espero que aún le queden muchos años de felicidad por delante, lo espero por él, lo espero por mi.

Un par de lagrimas vayan a la memoria de tu compañera.