domingo, 25 de mayo de 2014

Año 1: Fecho allend Mar.

18 de Mayo de 2013.
Aquél sábado se presentaba como un día más, o casi. Acababa de salir del segundo ingreso hospitalario en menos de un mes y lo único que me apetecía era salir, ver a mi gente y olvidarme de las agujas, los médicos y las pastillas. No me lo pensé ni por un momento cuando un querido amigo mío me invitó a su cumpleaños cuando vino a visitarme al hospital. Iría sí o sí en caso de que me diesen el alta a tiempo. Técnicamente no me la dieron, la pedí voluntariamente y no les quedó otra que soltarme, así que aquella noche saldría.
Por consejo de otro amigo, me vestí de una forma menos “mía” ante la perspectiva de acabar la noche en compañía de unas estudiantes de erasmus que muy probablemente hubiesen vuelto a su país de origen si hubiese lucido mis “galas” habituales. Finalmente no hubo erasmus. En su lugar, hubo una cena agradable con muchas caras conocidas, una sensación de bienestar producida por las risas, el buen ambiente, la considerable distancia hasta el hospital más cercano... y ella.
Me senté en la silla más alejada al cumpleañero (la única disponible) tras acercarme a saludarle y felicitarle con cariño. A mi alrededor, pocas caras conocidas ya que a muchos de los asistentes no les había visto jamás.
Y, entre todos los presentes, ella. Utilicé todo el disimulo que mis conocimientos ninja me permitieron, pero aunque fuese de forma subrepticia y fugaz, procuraba no dejar de mirarla. Aquella melena rojiza, unos increíbles ojos azules, una piel del color del mejor café que jamás he probado, ni pálida ni tostada al sol, una sonrisa increíble y un cuerpo de infarto envuelto en un vestido vaquero que parecía estar hecho exclusivamente para ella porque sabía (y sigo sabiendo) que a nadie de este u otro mundo le quedaría jamás así de bien.
María del Mar.
El resto de la noche fue, cuanto menos, peculiar, caminando por una ciudad atestada de gente que iba de un museo a otro mientras yo charlaba con un amigo sin perder de vista a aquella maravilla que, de vez en cuando, participaba en la conversación, cosa que yo agradecía enormemente. Procuraba no hacerme muchas ilusiones ya que, al fin y al cabo, junto a ella, caminaba su inseparable novio, pero eso no me impedía intentar conocerla un poco. Algo me decía que aquella chica no era una preciosidad solamente por fuera.

22 de Mayo de 2013.
Llevaba cuatro días dándole vueltas. Gracias a mis increíbles dotes de investigación y a que su nombre estaba en el grupo de chat que se creó para acordar los detalles de la cena de cumpleaños, conseguí su teléfono. Lo difícil ni siquiera fue encontrar su perfil en las redes sociales. Lo verdaderamente jodido era buscar una excusa para hablar con ella sin que tuviese la típica impresión de “¿De dónde has sacado mi número de teléfono?” o “A ver si me va a estar acosando” o, peor aún, “Esto... ¿Quién dices que eres?”. Me habría tirado por la ventana, pero siendo un primero, como mucho, me habría roto una pierna y no quería arriesgarme a ser hospitalizado otra vez, así que, tras sopesar rápidamente mis opciones (solamente tardé todo el día), esa noche entablé conversación con ella.
Intercambiamos música, ideas, creo que incluso se rió conmigo (o quizá de mi, que también puede ser). La cuestión es que me sobrevino mi instinto suicida de mis años bárbaros de juventud y se me ocurrió proponerle, como el que no quiere la cosa, quedar al día siguiente para tomar un café. Mientras esperaba su respuesta, una voz en mi cabeza (una de tantas), la bipolar, me decía “¡Con dos cojones!” y después “Te falta un cromosoma, ¿verdad?”, seguido de “De perdidos al río, pero eres más tonto que una piedra...” y demás genialidades que no me apetece detallar. El caso es que pasaron 3 horas hasta que me dio una respuesta (en realidad contestó enseguida, ni un minuto tardó, pero joder, se me hizo eterno). Al parecer, tenía que cuidar de una entidad a la que ella llamaba “sobrino” (MIERDA), pero (HAY UN “PERO”) intentaría que su madre se quedase con él y así poder quedar conmigo. Ni que decir tiene que aun lo flipo.

23 de Mayo de 2013.
Tenía mil cosas que hacer antes de salir de casa aquella mañana y a ella no la vería hasta poco después del mediodía. Lo único que me apetecía era manipular el tejido espacio-tiempo para que, al salir de mi habitación, fuesen las dos y media y estuviese en la puerta de mi facultad, esperando que llegase. Sin embargo, no lo hice porque ya sabéis lo que pasa cuando se juega con las leyes de la física y, por mucho que sean idea mía, están ahí para algo. Me pasé gran parte de la mañana escribiendo mientras tomaba un café y esperaba que llegase un buen amigo que tuvo a bien quedar
conmigo mientras hacía tiempo antes de coger el autobús para llegar al campus. Él no dijo nada, pero creo que vio perfectamente que estaba de los nervios y no era por el café ni por haber pasado toda la noche en vela.
Llegó la hora y ni siquiera sé si fue puntual. Tampoco me importó. En aquellos momentos, solamente me preocupaba de no perderme ni un detalle de lo que decía, de cómo lo decía y, por mi parte, de aplicar un principio básico y muy sencillo pero que, sin embargo, había tardado mucho en aprender a costa de mucho sufrimiento (propio y ajeno): sería sincero en todo momento. Para mi sorpresa, esa sinceridad, lejos de hacerla huir por los tejados, parecía hacer que lo que le contaba sobre mi vida pasada y presente le interesase.
Aquella tarde hubo lágrimas, risas, paseos, anécdotas y toda una serie de sutiles indirectas que ella soltaba como el que no quiere la cosa, sin que yo me diese ni cuenta, algo raro porque normalmente las pillo al vuelo (NO). Lamentablemente, tenía que marcharme a una revisión médica (maldita la hora, dicho sea de paso, en que tuve que cambiar su compañía por la de un imbécil con bata que habiéndome visto la semana anterior, ni se acordaba de por qué iba a su consulta y que era más feo que un frigorífico con detrás y más inútil que una inanimada barra de carbono). Sucedió, empero, que antes de despedirme, le di un abrazo y me vi incapaz de soltarla. Lo sorprendente fue que, al parecer, ella tampoco podía o quería soltarme a mi. Aquella noche volvimos a escribirnos. Nos veríamos ese domingo.
Sin embargo, separarme de aquél abrazo es de lo único que me arrepentí aquella tarde... y aún hoy en día.

25 de Mayo de 2013.
La cosa se torció. Fiebre alta y una abuela paranoica me condujeron de cabeza al hospital por tercera vez en menos de un mes. A la mierda la película del domingo en compañía de aquella chica salida de un sueño. Al menos, antes de salir, pude enviarle un mensaje y contarle lo que sucedía. Jamás me habría esperado su respuesta: “Iré a verte” dijo. Esa misma tarde, apareció, bonita como ella sola mientras yo, con mi elegante atuendo de hospital con gotero incluido, seguía intentando procesar lo que estaba viendo y, para qué negarlo, dándole vueltas al abrazo de dos días atrás. Quería hablar con ella a solas y salimos de la habitación. Nada más cerrar la puerta, por puro instinto, la besé.


25 de Mayo de 2014.
Ha pasado todo un año desde aquél momento. Cuatro estaciones en las que han sucedido muchas cosas, buenas y malas pero cuyo denominador común es el hecho de que, desde aquél beso, no nos hemos separado. Hoy cumplo un año con Mar y por eso, estas palabras que siguen son para ella. Para ti.
Lo primero es darte las gracias. Digas lo que digas, te estoy agradecido y no es para menos. Llevas todo un año soportándome y, sobre todo, cuidándome. Tu apoyo me ha sacado adelante en momentos en los que, si no hubieses estado, me habría rendido. Me has visto en mis peores momentos, cuando era más tubos que persona, cuando ni siquiera podía tenerme en pie y se me presentaba un futuro complicado, por decirlo amablemente. Me has cogido la mano cuando he sufrido y cuando he reído y has recorrido literalmente centenares de kilómetros para asegurarte de que nuestras manos no se soltasen nunca más por lejos que tuviese que ir. Me has enseñado mucho y me has permitido enseñarte un poco de lo poco que yo sé. Cada día me dibujas una sonrisa en algún momento del día y cada día eres tú lo primero y lo último que veo. Con tu ayuda, nuestro pequeño Ernest crece con todo el cariño del mundo (y mis enseñanzas ninja).
No sé qué puedo decir que no te haya dicho ya en este año, salvo que te quiero, que te quiero con locura y que siento ser pesado pero no quiero que pase un solo día sin que sonrías como aquella noche en que me aprendí tus ojos de memoria. No te diré que te bajaría la luna por todo el tema de las mareas y que tenemos un gato capaz de usarla como ovillo, pero sí te diré que, desde aquella noche, el cielo ya no es tan oscuro cuando el sol se esconde ni el día me ciega tanto cuando la luna duerme. Creo que, sin saberlo, aquella noche encontré mi término medio, mi equilibrio y, sobre todo, te encontré a ti.
Ha pasado un año y parece que fue ayer. Pese a lo que parezca, lo que sí es cierto es que antes de darme cuenta estaré escribiendo un texto parecido a este y el contador de los años habrá subido porque sé que no cometeré el mismo error que aquélla tarde en la que te solté de aquél abrazo que intento compensar abrazándote cada día, cada noche y, en mi corazón, a cada instante hasta más allá de lo que se comprende como el tiempo.
Gracias, Mar, por este primer año y por los que están por llegar.
Te quiero, princesa.





1 comentario:

Mar Rock dijo...

Gracias a ti mi vida por estar conmigo, no se que haría sin ti, sois lo mejor que me ha pasado en la vida os quiero muchísimo :-)