miércoles, 22 de febrero de 2012

Bridge to paradise

Helado él. Helada la sangre por sus palabras, también heladas.
Poco o nada había ya que hacer. Quizá... no, ya estaba todo dicho y pese a todo, él fue el primero en marcharse. Cada paso le dolió, pareciéndole eterno, árida la alfombra de verde hierba que a sus pies se extendía brevemente hasta los límites de aquél parque que otrora hubiere de ver sus primeras palabras. Palabras que hablaban de arriesgarlo todo en una partida de cartas cuando no podía ni mirar su mano por mirarla a ella. Palabras que hablaban de jugar al poker con cartas de amor que aun no habrían de ser escritas, menos aún leídas pero largo tiempo ya conocidas. Palabras, en definitiva, dichas en silencio en un parque que ahora dejaba atrás
Aquél cálido sol le estaba enfriando hasta el alma y de repente, lo vio. Frente a él se alzaba imponente e indiferente, impertérrito ante el paso del tiempo, ajeno a quienes caminaban, ignorando por completo las estaciones, capaz de proporcionar seguridad duradera y hacerla desaparecer en cuestión de segundos si así lo deseaba. Inmóvil durante su caprichoso balanceo a merced del viento, silencioso en su profundo resonar de metal y años. Aquel puente le esperaba. Lo había cruzado incontables veces pero ese dia algo iba a cambiar. Ese día, cuando él diese el primer paso sobre aquel viejo puente, perdería su esencia, su alma. Como si de una red se tratase, él pasaría entre los espacios vacíos, pero algo más grande no podría atravesarla, se quedaría atrapado. Algo más grande no podría dar un sólo paso a través de aquel puente que les separaría a partir del aciago instante que se acercaba irrevocablemente... pero tampoco podía dar marcha atrás.
Quiso hacerlo. Necesitó hacerlo. Creyó hacerlo.
No lo hizo.
No fue hasta que llegó a la mitad cuando lo tuvo claro. Si había de perderlo todo, si por los santos cojones del caprichoso destino tenía que pasar aquel momento, no se iría sin luchar, sin revolverse una vez más. Así, decidió parar. Cerró los ojos un instante y respiró como nunca antes había hecho a lomos de aquél viejo puente. Aquel bastardo que le había prohibido llevar consigo lo que más celosamente había atesorado en su interior. Lo único que le quedaba. Se empapó del aire seco y cuando el frío empezó a hacer mella en sus pulmones, todo se paró a su alrededor. El mundo se detuvo y, ya sin alma, reunió el poco calor que en su interior restaba y miró sin ver lo que ante él se extendía. Un gélido dia de un verano que no sería tal, un oscuro cielo de un azul zafiro puro y limpio que solo lograba ensombrecer cuanto solo podía haber iluminado una sonrisa. El estridente silencio de notas cuidadosamente desafinadas de pájaros que entonaban burlas hacia quien tan solo pudo permanecer un momento, quieto.
Fue entonces cuando algo en su interior saltó con el último borboteo salvaje de una sangre que hervía por última vez. Fue entonces cuando pronunció unas palabras que ni el viento podría arrastrar y que, sin embargo, ella pudo escuchar desde su lejana atalaya de marfil y desdén.

Pasó el tiempo y el puente le sobrevivió. Aguantó más que él. Más que ella. Más que lo que fueron. Más de lo que jamás llegarían a ser.
Pasó el tiempo y el puente cayó. Finalmente descansó. Y en ese último suspiro admitió su derrota, pues las palabras de aquél joven al que había derrotado perduraban aún. Y aún más perdurarían.
Sin saberlo, él venció al puente. Aún sin corazón.
Venció al tiempo.



Y su promesa sobrevivió.

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